
El evento presentado por Metrika y D Basto tuvo dos paradas seguidas. El 15 de enero en Madrid, coincidiendo con el lanzamiento de su nuevo EP «JANE DOE IN THE DREAM HOUSE» y en Barcelona veinticuatro horas después. Dos fechas que funcionaron como presentación del disco, y al mismo tiempo, como un formato que apunta a tener continuidad.
Desde el inicio de la noche, las puertas del Teatro Eslava estaban llenas, con una cola que rodeaba la fachada. Para ser un jueves, en el que la oferta de eventos se multiplica, la respuesta fue especialmente contundente. La base de seguidores de Metrika respondió como siempre responde cuando la artista se sumerge en un proyecto. Con implicación real y una energía que se notaba incluso antes de cruzar el control de entrada. Había expectación y ganas de bailar.
El evento arrancó con reggaeton y sonidos urbanos pensados para mover el culo sin complejos, calentando la pista desde el minuto cero. Uno de los sets más destacados de la primera parte de la noche fue el de Lupsi. Mezclando dancehall y ritmos afrocaribeños, su selección cargada de funk, mantuvo la pista en movimiento con un set dinámico y sudoroso que se hizo corto. La noche también contó con el set de Lu´Dex.

El protagonismo real fue hacia el público
Metrika apareció tras la primera mitad para presentar en directo los cinco temas de su EP recién salido horas antes. En ese momento se produjo algo interesante. La dualidad real de la escena nocturna actual. Flashes grabando cada milímetro de su cuerpo, y al mismo tiempo, un público que coreba las letras con precisión y que conocía los temas como si llevasen meses circulando. Se documentaba la noche pero tambien se participaba. Entre los cinco temas, uno destacó con claridad. Stiletto o Cuadrás se convirtió en la favorita del público.
Metrika apareció, cantó y se fue. Algo que sorprende en una escena cada vez más centrada en la figura, la marca personal y la exposición constante, dejando claro que el centro de la noche no estaba arriba sino abajo. La energía no solo venía del escenario hacia fuera sino también al revés. Y ahí está la mayor virtud del evento. Puso en primer plano algo que muchos otros eventos y artistas ignoran. La música respondió a la demanda de su público. No se trató de imponer una narrativa sino de responder a una energía ya existente.

Bajos más presentes y ritmos más directos
Conforme avanzó la segunda mitad de la noche, los sets fueron ganando peso físico. D Basto hizo un giro de género, introduciendo capas de sonido electrónico que elevaron la intensidad. Pichi fue el encargado de cerrar la noche con una selección de beats potentes. Bajos profundos y cambios inesperados recorrían la pista, manteniendo la energía de un público completamente entregado que no dejaba de moverse al ritmo de cada transición.

Vampirina funcionó como un espacio colectivo sin perder el escaparate
La intención del evento es clara y atractiva. Vampirina tiene identidad propia y se nota. Hay coherencia, un concepto definido de qué tipo de noche quiere ser y un esfuerzo evidente por construir un lenguaje propio que mezcla sonidos y elimina la distancia entre la pista y el escenario. Aunque la segunda parte de la noche se inclinó más hacia sonidos electrónicos que hacia el hard, la selección musical estuvo pensada para mantener la pista activa y los sets apostaron por la intensidad.
Sin embargo, la propuesta comparte ritmos y público con formatos ya consolidados como Infierno o Antídoto sin llegar a imitarlos pero tampoco marcando una ruptura lo suficientemente radical como para sentirse como un evento diferenciador. La ejecución fue sólida y cuidada pero aún le falta ese elemento que haga que no pueda confundirse con otro evento. La identidad está definida pero la esencia todavía no va más allá de la música y la estética.
Cuando un público ya está unido la pregunta deja de ser cómo juntarlo y pasa a ser cómo desafiarlo. Vampirina eligió cuidar a su audiencia confirmando que sabe cómo mover masas.
En definitiva, lo interesante de Vampirina es que no se limita a ser un evento más de su nueva era musical ni pretende ser una marca completamente autónoma desconectada de la artista. Es un proyecto híbrido. La artista deja su imprenta. Su estilo, sus gustos musicales y su estética están presentes en cada decisión. Pero a diferencia de muchas propuestas centradas en la figura del artista, no intenta dirigir la energía del público de manera unidireccional forzándola. Reconoce que la fuerza de un evento no está solo en quien lo organiza sino en quienes asisten a él.
Vampirina funciona como un proyecto en el que la marca personal y la experiencia colectiva coexisten. Se siente la presencia de Metrika pero nunca a costa de la autonomía de la comunidad. Siendo esto lo que da a Vampirina el potencial de trascender más allá de un mero formato o de un evento puntual.

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