
En los últimos días, miles de personas se han concentrado con sus vehículos en los alrededores del embalse de El Cenajo, cerca de Férez (Albacete), para celebrar una rave con motivo de Año Nuevo. Y de forma automática el relato es transmitido incluso antes de que suceda nada.
Lo verdaderamente preocupante no es que exista una fiesta fuera de la legalidad. Es la pereza intelectual con la que los medios abordan esta noticia. Una noticia que transcurre año tras año. Preocupa el cero interés en mirar más allá del titular fácil. La ausencia de esfuerzo por cuestionarse cuál es el origen y la historia detrás de este movimiento. Lo que los titulares llaman “macro-rave ilegal” es una forma de encuentro que existe desde hace décadas que ha sobrevivido a persecuciones, estigmatización y criminalización. El contraste con Alemania es revelador. Allí, la cultura rave es una parte esencial del tejido social, cargada de historia, valores y significado.

Vivimos en una hipocresía constante. Se ovaciona a SIRAT en redes y en festivales internacionales pero se condena cuando ocurre en la realidad. Cuando personas de carne y hueso bailan en un polígono o en el campo ya no resulta atractivo. Amamos la idea del underground y su estética pero solo si es desde la distancia.
No nos preguntamos por qué estas formas de ocio existen. Por qué los asistentes no se sienten representados por una oferta cultural que a menudo es cara y ajena a la realidad social. No nos preguntamos qué dice todo esto de la precariedad cultural y de la falta de alternativas accesibles. No nos preguntamos nada. Preferimos señalar. Tal vez porque preguntarse implicaría asumir que algo falla. Que hay una necesidad de comunidad, de música y de expresión que no cabe en el modelo institucionalizado del ocio actual. Que hay una necesidad de cambio.
Tal vez lo que realmente preocupa no es la falta de permisos ni el «ruido». Tal vez lo que preocupa es una comunidad que se autogestiona. Personas que se organizan sin marcas, patrocinadores ni una jerarquía visible. Tampoco se cuenta qué lejos del conflicto vecinal que se da a entender por los medios, muchas veces no hay quejas. Que en pueblos donde la oferta cultural es prácticamente inexistente, algunos vecinos se acercan por curiosidad. Que observan cómo ocurre algo nuevo donde casi nunca ocurre nada. E incluso se quedan.
El relato se centra en el control. En la vigilancia. En la presencia policial. No para explicar lo que ocurre sino para dejar claro que alguien sigue mandando. Poco se habla de que en estos espacios no suelen producirse incidentes graves. Que la mayoría de estas fiestas se desmontan dejando el entorno limpio. Existen protocolos internos y un cuidado colectivo por el medio ambiente. Hay conciencia de territorio y responsabilidad hacia el lugar que se ocupa. Tal vez el miedo sea a la autonomía de un modelo que no se rige bajo el sistema. Pero de todo esto no se habla. Porque reconocerlo rompería el relato. Y el relato importa más que la realidad. Porque nos obliga a pensar y pensar incomoda.

Lo que realmente molesta no es quiénes son sino su capacidad de decidir cómo vivir
También existe un estigma que apunta directamente a quienes asisten a estas fiestas. No son ajenos a nuestra sociedad. También son gente corriente. Personas con trabajo, con rutinas, con responsabilidades. Personas que aprovechan sus vacaciones para iniciar el Año Nuevo bailando. Gente con la que podríamos cruzarnos cualquier mañana en el supermercado, en el transporte público o en la oficina.
Y sí. Hay drogas. Como las hay en el reservado de cualquier discoteca. Como las puede consumir un familiar, la compañera que siempre llega puntual al trabajo o un empresario con traje. La droga no lleva uniforme. No distingue clases, edades ni contextos. Pero basta con que sea un espacio con música electrónica para reducirlo a un estereotipo.
Cada vez que repetimos un titular sin cuestionarlo renunciamos a entender el mundo un poco mejor. Renunciamos a aceptar que existen distintas realidades y formas de vida que no siempre son familiares. Y que precisamente esa diferencia es enriquecedora.
Tal vez el verdadero problema es por qué reaccionamos desde el prejuicio y juzgamos desde la ignoracia. Qué nos sucede como sociedad cuando algo escapa nuestro control. Por qué asociamos automáticamente colectividad y autonomía con delincuencia. Y qué dice esto de nuestra relación con la libertad cuando no está regulada.
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