¿Quién debe ganar el Goya a la Mejor Película este sábado?

2019 ha sido un año muy bueno para el cine. Tanto internacional como nacional. De hecho, este año, el cine español ha estado más cerca que nunca de ser uno de los países con mejor producción cinematográfica. Nos hemos encontrado con grandes joyas de diversos tipos: por un lado, espeluznantes películas de género como El hoyo de Galder Gaztelu-Urrutia (ganó el prestigioso premio a Mejor Película en Sitges) o Ventajas de viajar en tren de Aritz Moreno; películas experimentales como Liberté de Albert Serra y con gran bagaje técnico como O que arde de Oliver Laxe; grandes películas que nos hacen retornar a géneros ya olvidados como Intemperie de Benito Zambrano; pasando por cintas que retratan de manera apabullante la historia de nuestro país como La trinchera infinita de Jon Garaño, José María Goenaga y Aitor Arregi y Mientras dure la guerra de Alejandro Amenábar; hasta llegar a películas más introspectivas con una sutil belleza como la brillante La virgen de agosto de Jonás Trueba y la estremecedora Dolor y Gloria de nuestro gran maestro del cine español, Pedro Almodóvar.

En este repaso del año cinematográfico español, dejo atrás otras películas igual de maravillosas como: La inocencia, de Lucía Alemany; La hija de un ladrón, de Belén Funes; Buñuel y el laberinto de las tortugas, de Salvador Simó; Madre, de Rodrigo Sorogoyen; o Els dies que vindran, de Carlos Marques.

El Hoyo, película nominada a Mejor dirección novel, Mejor guión original y Mejores efectos especiales

Teniendo en cuenta todo este impresionante año, hay una película que sobresale de entre todas ellas. Para argumentar por qué Dolor y Gloria debe de ser la gran ganadora de los Premios Goya me basaré en dos premisas, una más naif que la otra.

En primer lugar, como “argumento no-válido” debemos tener en cuenta que Dolor y Gloria ha arrasado en esta temporada de premios a nivel internacional. Tanto por sus interpretaciones como por su música, su dirección artística y su conmovedora historia. No solo está nominada al Óscar como Mejor película de habla no inglesa (que, por cierto, desde 2004 con Mar Adentro no habíamos pisado esa categoría), sino que ha recibido una gran ovación por parte de toda la crítica internacional. También destaca el gran número de premios que ha recogido Antonio Banderas por todo el mundo, por no hablar de su nominación a los Oscar también. Sería una pena que una película con tanto reconocimiento internacional como es Dolor y Gloria, no reciba el apoyo y la distinción que merece desde su propio país. No podemos dar la espalda al director español con más poder cinematográfico desde Luis Buñuel. Sin embargo, como decía con anterioridad, este argumento es inválido ya que no se puede entregar un premio a una película solo por la acumulación de premios que lleve en el extranjero. Esto me hacer llegar a mi siguiente premisa, que es analizar la obra del director manchego para saber por qué de verdad merece ser la ganadora.

Pedro Almodóvar y Antonio Banderas en Dolor y Gloria

Pocas películas saben reflejar de manera efectiva el dolor de la vejez y el paso del tiempo, y las pocas que lo hacen se suelen centrar en la parte más psicológica, en la parte más mental. Sin embargo, Dolor y Gloria no solo nos hace entender el trasfondo psicológico que hay detrás del personaje de Salvador Mallo (Antonio Banderas), sino que también nos hace sentir el dolor físico producido por las enfermedades. A medida que avanza la película, la historia nos ahoga viendo el agotamiento del personaje que solo puede encontrar su paz bajo efectos de la heroína.

Y hablamos de heroína y drogas porque, tanto Pedro Almodóvar como el personaje de Salvador, vienen de una generación marcada por la movida madrileña de los años 80. El desconocimiento y la falta de experiencia de la pasada época hacía que esa generación fuese una generación que se lanzaba a todo con alegría. No tenían memoria y por ello disfrutaban hasta más no poder, lo cual ha traído secuelas a la vejez de los personajes.

Antonio Banderas en Dolor y Gloria

Tal vez la mayor virtud de Almodóvar sea la de plasmar historias que él ha vivido, pero también las que no ha vivido en absoluto, pero podría haberlo hecho. La película es una obra que parte de la vida del propio autor y que evoca a momentos fríos, alegres, decadentes, excitantes… No podemos olvidar ese diálogo entre Julieta Serrano, haciendo de madre, y el personaje de Salvador Mallo, interpretado por Antonio Banderas. La madre nunca entendió por qué su hijo la abandonó y la apartó de ella, pero Salvador asegura con mucho dolor que fue porque no estaba preparada para el estilo de vida que llevaba él. Estas palabras están pronunciadas con tanto dolor y cariño a la vez que traspasa la cuarta pared y llega al público como si de una bala al corazón se tratase.

Pero, Dolor y Gloria, no habla solo de la vida adulta, de las enfermedades o de las relaciones familiares. También habla del primer deseo, de la España rural y saca la belleza de lo más pequeño y simple de nuestra cultura. Ya lo había hecho antes en películas como La mala educación (2004) o La ley del deseo (1987), pero esta última película culmina en una obra de máxima madurez en la que no se le escapa nada.

Carmen Maura, Pedro Almodóvar y Antonio Banderas en La ley del deseo

También representa la vida cosmopolita de Madrid, un continuo vaivén de emociones y movimiento que hace que gente se pierda por el camino. Eso le pasa al personaje de Salvador, escondido bajo sus enfermedades decide no seguir ese ritmo rápido que tiene Madrid y entra en un mundo de barullo emocional que solo consigue gestionar a través de la droga.

No solo merece mención la actuación de Julieta Serrano y Antonio Banderas. También debemos de hablar de Asier Etxeandía, el actor que representa al personaje de Alberto Crespo. Este personaje acompaña a Salvador en su dolor y acaba representando un monólogo suyo en la Sala Mirador de Lavapiés. Tanto la interpretación de Asier como el texto de Pedro, parecen una historia completamente ajena a la película, pero a la vez está plenamente conectada a ella. Eso es maravilloso. La historia de amor presentada en el texto sirve para que Salvador olvide su relación con Federico, un antiguo amante. El monólogo se representa con un pantalla blanca que recoge toda una simbología muy interesante: el cine del que no pudo disfrutar cuando era joven, el destino, su papel en blanco sobre el que desarrolla su más fiel virtud.

Asier Etxeandía y Pedro Almodóvar en Dolor y Gloria

Otro elemento a tener en cuenta es la banda sonora compuesta por Alberto Iglesias, un miembro fijo ya en su equipo que ha compuesto las bandas sonoras de sus películas desde La flor de mi secreto (1995). La música acompaña al espectador y esta pensada para hacernos sentir ciertas emociones en cada momento. Por ejemplo, en los momentos de dolor y aislamiento, la música adquiere un tono más repetitivo y rápido que hace que el espectador se sienta incómodo. Por otro lado, el trabajo de José Luis Alcaine también es de admirar. El director de fotografía utiliza la luz para que, al igual que la música acompañe al espectador en los distintos momentos de la película. Para los momentos de oscuridad que vive el protagonista contamos con claroscuros, pero los objetos están claramente iluminados y con colores saturados que evocan a que antes de entrar en crisis el personaje ha tenido cierto éxito.

Antonio Banderas en Dolor y Gloria

Este año, como decía al principio, ha sido un año brillante de cine, pero pocos directores consiguen retratar con tanto amor y cuidado su país y el propio cine. Para acabar me gustaría rescatar unas palabras de Gustavo Martín Garzo sobre la película recogidas en el epílogo de la edición escrita de Dolor y Gloria: “El mundo del cine, nos dice esta hermosa película, sustituye al paraíso y nos lo recuerda. La tarea del creador es recuperar para sí y para los que ven sus películas ese paraíso que esconde el secreto de nuestro primer (y único) deseo.”

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