Érase una penúltima vez… Tarantino

Es muy fácil identificar el cine de un director como Quentin Tarantino. Podemos reconocer sus películas por: su contenido violento, con una gran cantidad de sangre y todo sin censura; su música, bien original o con canciones ya existentes como Bang, bang! de Nancy Sinatra en Kill Bill (2003); planos contrapicados, como el plano del maletero, ya un clásico de sus películas; enrevesados diálogos y estructuras narrativas no lineales; un reparto lleno de estrellas de cine como Samuel L. Jackson, Christoph Waltz, Uma Thurman…; el fetichismo por los pies femeninos; y podríamos seguir enumerando una larga lista de características.

Érase una vez en… Hollywood recoge varios de estos tópicos y podemos decir que en lo único que innova es en la presencia y mayor importancia del silencio en los diálogos. No a todo el mundo le ha entusiasmado la película. Tal vez sea por las altas expectativas que teníamos los espectadores, pero sabemos que Quentin Tarantino sabe hacer mejores cosas. Es una pena que, tras confirmar que solo hará diez películas (en principio) esta haya sido la penúltima. Una cinta que no es nada corta (167 minutos) y que no consigue llegar al nivel de su anterior película, Los odiosos ocho (2015).



Érase una vez en… Hollywood, nos lleva a Los Angeles de 1969, donde todo está cambiando, y donde la estrella de la televisión Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), y Cliff Booth (Brad Pitt), su doble de muchos años, se abren camino en una industria que ya prácticamente no reconocen.


Tarantino realiza en esta última película un homenaje a la ciudad de Los Ángeles, una cinta repleta de referencias cinematográficas, sobre todo a Westerns. En ese sentido me recuerda a La La Land (2016), pero en vez de con westerns sería con el cine musical. Aunque, eso sí, cuesta creer que no se nombre a Bonnie and Clyde, la película que se estrenó en 1967 revolucionando el género del que habla tanto la película.

Sin embargo, algo que no podemos obviar, y más viniendo de una película de Tarantino, es el lujoso reparto con el que cuenta. Aunque todos creíamos que Margot Robbie tendría gran peso en el film, el director americano ha realizado el guión de tal manera que los que pudiesen brillar fuesen Brad Pitt y Leonardo di Caprio. Y, de hecho, lo han hecho, y vaya que si lo han hecho. La pareja de actores no puede estar mejor, y tal vez se trate de lo más positivo que se puede sacar de la experiencia cinematográfica. Además, la cinta también cuenta con la presencia de Al Pacino, Kurt Russell, Bruce Dern y otras muchas estrellas de Hollywood. Sale hasta Samuel L. Jackson, su actor fetiche por excelencia, aunque sea solo por unos segundos.

Como ya hemos comentado con anterioridad, la película cuenta con ciertos momentos de silencio muy inteligentes en los que la pareja de actores consigue coger todo el peso, pero, aún así, puede que estemos ante uno de los guiones más flojos de Tarantino. El ritmo también es bastante lento y es solo al final cuando percibimos el Tarantino más reconocido. En esta película la importancia la tienen los actores, y no solo por sus interpretaciones. En la propia película ya se reflexiona acerca de la importancia de contar con buenos actores y del papel que estos deben asumir a la hora de prepararse un guión.

Me gustaría destacar una escena en la que el personaje de Leonardo di Caprio se vuelve a su caravana muy cabreado porque no le sale bien el papel que le toca representar. Se pone a chillar durante varios minutos y, para mí, ese es el momento de conexión total con su personaje. Un monólogo tanto interno (por los gestos) como externo que puede que sea una de las mejores actuaciones de di Caprio.

Ahora solo nos queda esperar a la temporada de premios. ¿Logrará la novena película de Quentin Tarantino llevarse alguno de ellos? Sin duda, quién más se lo merecen son Leonardo di Caprio y Brad Pitt.

15 de agosto en cines.

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